Tener acceso casi ilimitado a las respuestas de todas las preguntas que se te pueda ocurrir está bastante bien. Poder buscar la imagen de cualquier animal exótico, o hasta recién descubierto, en segundos es verdaderamente increíble. Lo diré, la internet está infravalorada, una opinión verdaderamente controversial (obvio sarcasmo).
Pero ya hablando en serio, es difícil pensar en una época donde tenías que buscar algún libro en específico para responder tu pregunta, sin garantía de que tal cosa existiera. Puede que los de la generación X se estén burlando de este párrafo, pero al menos ustedes tuvieron expertos que escribían los libros que encontraban en las bibliotecas
Ahora quiero que se imaginen vivir en la época medieval. No solo era altamente probable que murieras en el mismo pueblo en el que naciste sin ver más allá de tu país en tu vida, sino que tampoco podías aprender de la literatura. Los libros eran verdaderamente escasos, y no es como que la persona promedio los pudiera leer.
En estos tiempos, lo más que podías esperar era un libro hecho por monjes. Por ello, la diversidad de temas de estos era bastante baja, Las escrituras hablaban mayormente de, bueno, las Escrituras: la Biblia y distintos aspectos espirituales de esta. Mientras se iban popularizando los viajes largos entre continente, muchos Europeos tuvieron la oportunidad de visitar Asía e incluso África.
En todos los imperios antiguos empezaron a correr las historias de estas tierras lejanas, con sus animales exóticos y tradiciones «extrañas». Se empezó a ver la necesidad de recopilar los conocimientos de los aventureros con los tradicionales. Es aquí donde entran las primeras enciclopedias y bestiarios.
El famoso biólogo y escritor de documentales David Attenborough relató en su libro «Increíbles Cosas Raras» que «los animales fueron lo primero que dibujó la humanidad. No las plantas. No a ellos mismos. A los animales». Aunque estaba haciendo referencia directa a las pinturas de las cavernas, este sentimiento aplica a los libros que publicaba la Iglesia durante el Medievo. Después de todo, en la mitología cristiana, todos los animales de la Tierra existen desde antes de Adán y Eva.

Sin embargo, es el primer hombre el que le pone los nombres y clasifica a todos los animales de la Creación. A partir de este momento, los humanos pudieron domesticar algunos animales y utilizan sus fuerzas para avanzar la sociedad. Los europeos medievales conocían bastante bien a los caballos que montaban a las guerras, a las vacas de las cuales consumían la carne y leche y los perros con los que pastoreaban.
Ahora imagínense lo que sintieron los primeros europeos al ver a un elefante por primera vez, una ballena en medio del mar o un león persiguiéndolos por una sabana. Estos cuentos fueron de boca en boca y eran los sacerdotes lo que tenían que no solo dejar por escrito las historias de este enorme juego de teléfono, sino que tenían que dibujar criaturas que nunca habían visto.
Así nacen los bestiarios, o Libros de Bestias, que más allá de discutir el hábitat o comportamiento de estos animales, hablaba de los aprendizajes religiosos que se podían sacar de estas criaturas. Particularmente, los elefantes se veían como los seres más fuertes de la Creación. Estos enormes, pero dóciles animales representaban la nobleza, y se les mostraba luchando contra dragones.
El problema de este enfoque es que las ilustraciones destacan en la actualidad por sus… libertades artísticas, digamos… Aquí les dejo algunos de los casos más infames de animales mal retratados, y si quieres ver más, puedes leer este hilo de Twitter de 2020 que recopila múltiples instancias similares.









El otro problema de este método de «alguien va a la India, ve un elefante y le cuenta a su primo, que le cuenta a su amigo, que le cuenta al sacerdote que está haciendo un bestiario» es que muchos animales no eran exactamente reales. De hecho, son de estos Libros de Bestias que nacen muchas criaturas mitológicas que hoy en día asociamos con la fantasía en general. Entre ellas, el unicornio, fénix y los dragones europeos.
Los unicornios eran seres salvajes con cuernos que podían curar las enfermedades. La forma de cazarlo era poner a una mujer hermosa sola como carnada. Ante la dama, el unicornio se volvería totalmente pasivo y se acostaría en su regazo. Aquí saldría el cazador de su escondite y perfora el corazón de la bestia.
De acuerdo al bestiario, la mujer representa a la Virgen María y el unicornio a Jesús. «Solo cuando Jesús se volvió humano en el vientre de María se hizo vulnerable a la muerte». De acuerdo a los teólogos, el comportamiento de esta criatura de la naturaleza refleja perfectamente al hijo de Dios.

De manera similar, el fénix era usado para representar a Jesús. La relación acá es más entendible: el ave que arde al final de su vida para renacer es el paralelo perfecto de la Resurrección de Cristo. Por eso, el ave de fuego se empezó a usar como símbolo de la fe cristiana.

Por el otro lado, el dragón representaba al Diablo. Este carecía de una forma exacta que se compartía entre los bestiarios: en algunos podía tener cuernos puntiagudos y escamas de lagarto, en otras tenía alas con plumas convencionales. Se dice que los dragones se esconden en los caminos donde pasan los elefantes (que recordemos representaban la nobleza) y le enredan las patas con su cola. Esta conducta era significativa de las tentaciones del Infierno sobre el alma de los cristianos.

Otro lugar curioso donde aparecieron los retratos de animales en el medievo fueron en los márgenes de los libros y manuscritos. A este fenómeno se le llama «marginalia» y aunque pueden ser anotaciones útiles para el tema del escrito (por ejemplo, un dibujo anatómico en un texto de medicina) también podían ser imágenes absurdas y que carecen de sentido con el texto.

Existen dos posibles orígenes para estos dibujos. Algunos son dejados por los monjes que se encargaban de copiar a mano los manuscritos. Durante los días que pasaban en el scriptorium encerrados, desarrollaron un sentido del humor y añadieron ilustraciones cómicas de animales peleando o imágenes obscenas para sacarle una risa al lector.

Los otros posibles autores de las marginalias son los mismos lectores. En la Época Medieval, un libro podía costar fácilmente lo que costaba una casa. Por eso, cuando una persona se compraba un manuscrito, este se convertía en una posesión preciosa que se pasaría de generación en generación. En estos casos, era común que una persona le dejara un mensaje o dibujo a quien pudiera leer el libro después.

En esta última imagen se puede apreciar uno de los fenómenos más extraños de la Edad Media: la eterna pelea entre caballeros y caracoles. ¿Lo más curioso del asunto? El caballero solía ser el que iba perdiendo. Más raro aún: a veces no era un humano peleando, sino un mono.








No se sabe exactamente el motivo por el cual estos dibujos en los márgenes de Salterios (libros de Salmos) o Libros de Horas (una evolución de los Salterios que contenían otros rezos). Algunos dicen que el caracol representa la Muerte en su imparable paso para acabar con la Vida; y el caballero simbolizaba la lucha de la humanidad contra el destino final de todos, o la Resurrección. Esto debido a que muchas de estas ilustraciones se encuentran cerca de las parábolas de Lázaro o la Resurrección de Cristo.
Otras teorías dicen que aquí se representa la lucha constante de los oprimidos contra la oligarquía. Los caracoles son relativamente fáciles de vencer, pero juntos se vuelven un verdadero problema para los jardines y huertos. También es probable que simplemente se trate de marginalia que quería hacer reír al lector con la imagen de un caballero luchando contra un ser tan insignificante cono un caracol, en vez de un Dragón.
Es curioso ver un poco de cómo los humanos no hemos cambiado del todo. Ya sean los garabatos a los bordes de un manuscrito del medievo o los escritos de vikingos que parecen los grafitis que encontrarías en el baño, hay cosas que viene desde muchas generaciones atrás. Otra tradición centenaria es la de sentarse en un lugar a tomar café. Es más: mentes como Isaac Newton y Edmunnd Halley se reunían en un café que crearon en Harvard para discutir sus descubrimientos.