ARTÍCULO

Cómo el café nos trajo la Ilustración

Puede que suene extraño, pero los historiadores creen que la popularización del café en Europa en los 1600 nos trajo mentes como la de Newton.

Para muchos de nosotros, la mañana no empieza hasta que tengamos nuestra taza de café. Sin embargo, es posible que el amanecer de la ciencia, literatura y filosofía moderna también empezara a raíz del «oro marrón». Pero primero, hay que explicar el título de este artículo.

La Ilustración es un periodo de la historia que comienza a mediados del siglo XVII y termina con el comienzo del siglo XIX, que trajo la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas. Este fue el periodo que vino inmediatamente después de la Revolución Científica que nace con la publicación de «Sobre las revoluciones de las orbes celestes» de Nicolás Copérnico, en la cual apoya el heliocentrismo (la idea de que los planetas giran alrededor del sol) en contra de las creencias de la Iglesia Católica, que suponía a la Tierra como el centro del universo.

A la Ilustración, o más específicamente el siglo XVIII, también se le conoce como el Siglo de las Luces, en contraste a la Edad Media, que se conoce como los Años Oscuros. Esta dicotomía nace de la idea que en la Edad Media no se hicieron mayores descubrimientos intelectuales. Casi no existen publicaciones de la época y Sir Francis Bacon, un filósofo de la Revolución Científica que se considera como uno de los pioneros del método científico moderno, describe el pensamiento de esta época como «guiado por el razonamiento puro, a diferencia de la observación». Para ilustrar su punto, Bacon contaba la siguiente historia:

Un grupo de hombres se reunieron un día para tratar de determinar cuántos dientes tenía un caballo. Bajo la sombra de un árbol y viendo como el caballo corría por las praderas, discutieron sobre sus libros de la Antigua Grecia y trataron de encontrar una respuesta razonable. En la tarde, un joven campesino se les acercó y al oír de lo que estaban hablando, sugirió que se acercaran al caballo, le abrieran la boca y los contaran. Los hombres se burlaron del niño, ¿qué sabría él de la vida, si se ve que nunca ha leído un libro? En aquellos tiempos se creía que ya todo lo importante se había descubierto, solo había que redescubrirlo.

Este cuento enfatiza en el elitismo que existía en aquella época. La impresión de libros y enciclopedias no era nada fácil, lo que las hacía muy caras y un símbolo de estatus social que solos lo de la clase alta podrían comprar. De hecho, durante la Edad Media, muchas de las cosas que hoy son necesidades básicas se consideraban privilegios o riquezas. Incluso hay historias de pueblos que tenían que recurrir a tomar cervezas suaves durante el día porque se les dificultaba conseguir agua potable, aunque la mayoría de historiadores modernos creen que el público medieval tomaba estas «small beers» más por el rico contenido calórico que por evitar aguas negras.

Sea cual sea el caso, es innegable que la bebida de preferencias de los europeos durante los Años Oscuros era la cerveza, hasta encontramos una antigua receta alemana de sopa de cerveza. No fue hasta mediados del 1500 que los italianos y portugueses tuvieron contacto con China y aprendieron sobre el té. Aunque la planta de café es nativa de Etiopia y las tribus de la zona usaban la baya de esta planta, el descubrimiento de que se podía tostar la semilla y hacer una bebida de ella no vino hasta los 1400. El otro problema que tenía el café era lo fácil que se pusiera mohoso. Esto hizo que pasara un siglo entero para que el café saliera de Etiopía y se popularizara en el Medio Oriente.

Curiosamente, ambas bebidas entraron a Europa durante los 1600, un siglo antes de la Ilustración. Ambas se volvieron extremadamente populares por lo simple que eran de preparar desde la casa y el componente principal que ambas contienen: la cafeína. Aunque, evidentemente, el café contiene más de esta sustancia, el té también tiene efectos energizantes, algo que el público europeo no había tenido hasta ese entonces. Bennett Allan Weinberg, co-escritor del libro Mundo de la Cafeína, lo plantea de la siguiente manera:

Antes de la llegada del café, la bebida de elección de los europeos era el alcohol: un depresor. Entonces, y de repente, la bebida de preferencia cambia al café: un estimulante.

Lo que dice Weinberg tiene sentido. Los depresores son químicos que ralentizan la actividad del sistema nervioso central, mientras que los estimulantes aumentan la actividad motriz y cognitiva y refuerzan un estado de alerta. Para científicos como Steven Johnson, no es coincidencia que la «era de la razón» surgiera un siglo después de la popularización del café. A los europeos simplemente se les pasó la borrachera. El otro factor que cambió la manera de pensar del mundo moderno fue la creación de las cafeterías, un ambiente donde se podían reunir las mentes más brillantes a hablar de ciencia e incluso revoluciones.

La Bebida de los Genios

La primera cafetería de Inglaterra fue el Oxford Coffee Club, fundado en 1651. Los estudiantes de la prestigiada universidad convencieron a Arthur Tillyard, un boticario, que prepara y vendiera café en un pequeño puesto escondido dentro del campus. Dentro de los primeros participantes de este club están nada más y nada menos que Hans Sloane, fundador del Museo Británico, Sir Edmund Halley, astrónomo que descubrió el cometa que lleva su nombre, y Sir Isaac Newton, creador del cálculo y de la teoría de la gravedad.

El mundo se había vuelto el campo de juego de las mentes más brillantes de Europa, y estas disfrutaban de sus encuentros alrededor de una taza de café. Estas cafeterías no eran para nada cómo las que tenemos hoy en día. Era un lugar donde estos jóvenes genios se reunían a discutir e incluso llevar a cabo experimentos. Se relata que Sloane, Newton y Halley disecaron un delfín frente a un público de estudiantes en una ocasión.

La popularidad del Oxford Coffee Club fue tal, que en 1660 el Rey Carlos II les cedió una Carta Real, que les permitió transformarse legalmente en La Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural, la academia científica más antigua del mundo. Los miembros de la Real Sociedad de Londres incluye personajes de renombre cómo Stephen Hawking, Albert Einstein y Alan Turing. 

Oxford no fue la única universidad que fue alma mater de una cafetería, pero sí fue de las pocas que recibieron reconocimiento de la monarquía. El resto de los coffee houses eran conocidos como «universidades secretas», pues estaban prohibidas porque allí se confabulaban conversaciones en contra de la corona.

La Prohibición del Java

Sorprendentemente, durante mucho tiempo el café era una bebida controversial, y ser visto en una cafetería te podía costar la vida. Murad IV, sultán del Imperio otomano desde 1623 a 1640, prohibió bajo pena de muerte tanto el café como el alcohol y tabaco. Estaba tan empeñado en que se cumpliera la prohibición, que se vestía de plebeyo, y rondaba las calles de Constantinopla con un sable escondido dentro de su ropa. Si eras visto por el sultán con una taza de java, serías decapitado en el lugar.

El sucesor de Murad sería un poco más misericordioso. Ante la primera ofensa solo serías azotado. Los «criminales recurrentes» se meterían en un saco de cuero que sería cosido y tirado al río. Todo esto se debe a que los líderes religiosos de la época consideraban que tanto el café como el alcohol inspiraba comportamiento indecente en el público. Sin embargo, y teniendo en cuenta que Murad tomaba ambos, la verdadera razón era evitar el alza de la insurgencia en las cafeterías.

Cuando la bebida se introdujo a Europa, también fue recibida con controversia. Aunque se popularizó rápidamente, los médicos de la época decían que el café te «secaba el fluido cerebroespinal», causando parálisis. En 1674, se publicó la «Petición de las Mujeres en Contra del Café», donde se le echaba la culpa a esta moda de cualquier tipo de impotencia de la que sufrieran los hombres.

El 29 de diciembre de 1675, el Rey Carlos II de Inglaterra aprobó una ley que prohibiera las cafeterías en Londres, pues «disturbaban la paz y promovían la creación de rumores». Claro, estos supuestos rumores eran poesías en contra de la monarquía o el simple cuestionamiento de los poderes fácticos. La noticia tuvo tan mal recibimiento que tan solo 11 días después, el Rey tuvo que revertir la ley.

Federico II de Prusia le ordenó a sus ciudadanos cambiarse de vuelta a la cerveza cuando empezó a oír rumores de la organización de una insurrección en las cafeterías del país. Donde sea que apareciera el café, el cuestionamiento de las autoridades le seguían. Mark Pendergrast, autor del libro «El Café: Historia De La Semilla Que Cambio El Mundo», propone que esta bebida «tiene la tendencia de abrirle la mente a las personas… y sus bocas». Stewart Allen, escritor de «La Taza del Diablo: El café, la fuerza impulsora de la historia», relata la historia de un Gran Visir Otomano que visitó en secreto una cafetería de la época:

Se percató que las personas que tomaban alcohol simplemente se emborracharían y serían felices cantando; mientras que aquellos que tomaban café se mantenían sobrios y atentaban en contra del gobierno.

Es indudable lo arraigado que está el café con la política y los cambios de tiempo. Cuando al Papa Clemente VIII le pidió su consejo que denunciara el café, este decidió probar una taza primero y dijo lo siguiente.

¿Por qué? Si esta bebida del Diablo es tan deliciosa que sería una pena que los paganos tuvieran uso exclusivo de ella.

Al final no se pudieron deshacer del café, y por las siguientes décadas seguiría siendo la bebida de elección de los revolucionarios.

Las Revoluciones Cafeteras

Es imposible pensar en París sin pensar en las cafeterías. Aunque la pandemia disminuyó el número, hoy en día París cuenta con más de 7,000 cafeterías. Puede que esto se deba a que, en comparación a los países vecinos, Francia no tuvo mayor prohibición hacia la bebida o la venta de ella. El Alcalde de Ámsterdam le regaló al Rey Luis XIV una planta de café y este último ordenó que se plantara en el Real Jardín Botánico en París,

De hecho, el café fue tan bien recibido en Francia y creció tan rápido, que la industria del vino se vio amenazada. Un enólogo (la persona encargada de hacer vino) de Marsella se juntó a un estudiante universitario para publicar una tesis que exponía que «las partículas quemadas del café poseen tanta energía que al entrar en la sangre te secan los riñones, causando fatiga, parálisis e impotencia».

Luis XIV murió de gangrena, y para su bisnieto, Luis XV, las cafeterías implicaban una incubadora de ideas radicales. Sin embargo, no había mucho que pudiera hacer a ese punto, pues ya había más de 600 cafeterías parisinas donde se estaba cocinando la Revolución Francesa.

Luis XV no viviría para ver la revolución, pero su hijo, Luis XVI, perdería la cabeza (literalmente) en 1793. Para 1789 la tensión ya se podía sentir en la atmósfera. El pueblo francés estaba absolutamente harto de la monarquía y los revolucionarios se reunían en los cafés del Palais-Royal, unos hermosos jardines en el centro de París; o en el Café de Procope.

Café de Procope abrió en 1689, justo en frente de la Comédie-Française, uno de los teatros más importantes de la dramaturgia francesa. Esto hizo que el café se volviera el punto de encuentro de todos los artistas de la época. Para los tiempos de la revolución, este sitio se volvió la casa de figuras como Maximilien Robespierre, un abogado con frases célebres como:

El Rey tiene que morir para que el país pueda vivir.

Castigar a los opresores de la humanidad es clemencia, perdonarlos es crueldad.

Otro de los personajes que visitaba el Procope era nada más y nada menos que Napoleón Bonaparte. En ese momento no era más que un pobre oficial de artillería que ocupaba sus tardes jugando ajedrez. Sin embargo, se envolvió del sentido revolucionario que vivía en el café, y se convirtió en una de las figuras principales de la lucha contra la monarquía. Sus ambiciones lo llevaron a traicionar esos principios y, tras el final de la Revolución Francesa en 1799, Napoleón se convirtió en el primer Emperador de Francia en 1804.

El café también tomó un rol interesante en la Revolución Americana, en especial tras la Fiesta del Té de Boston. Los estadounidenses arrojaron cajas de té al Puerto de Boston en protesta de los impuestos que querían imponerle los ingleses. Después de este ello, tomar té era antipatriótico. John Adams, el segundo presidente de los Estados Unidos, le escribió una carta a su esposa donde relata que le desagrada el sabor del café, pero que aprendería a amarlo, pues se le hacía imposible beber té dadas las circunstancias.

Si aún no crees la importancia que tienen los alimentos en la historia de la humanidad, te invitamos a ver De reliquia azteca a estrella de cine: Palomitas de maíz o La papa: El milagro de los incas.

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