ARTÍCULO

Sin aliento: los fantasmas del Sanatorio Durán

Lejano, aislado y triste. Fue la última morada de los desdichados que sucumbieron a la tuberculosis. Algunos fueron asistidos en su agonía por el espectro de una monja que aún hoy se recorre los pasillos del viejo hospital.

Cerca de la medianoche, cuando ya todos duermen profundamente, Sandra encuentra el tiempo para descargar de su teléfono los vídeos y fotos de su entretenido paseo familiar. Para asegurarse de que todo ha sido transferido perfectamente a su computadora, hace una pasada rápida por cada ícono. A su pantalla salta un vídeo de 15 segundos en el que aparece ella en el pasillo de una antigua casa. Aunque desgastadas por los años, las baldosas del piso recuerdan un tablero de ajedrez en el que se intercala la sobriedad del castaño oscuro con la sutileza de un blanco ya curtido. 

De lado y lado, en las sucias paredes se despliegan enormes ventanales en los que aún permanecen, como corroídos esqueletos, los marcos que soportaron los vidrios que impedían el paso de viento. Al fondo del pasillo, se ve una puerta de madera podrida y en la parte superior del marco un viejo letrero dice «Pabellón de Niños».

La Sandra del vídeo, sonriente y juguetona, pide a sus acompañantes, un hombre joven y dos ancianos que se junten para tomarse una foto. Mientras cada uno toma su lugar para selfie, de repente, el sonido de una tos profunda y agónica arropa la algarabía familiar recogida durante la grabación. Sandra se sorprende y detiene el vídeo. Lo reproduce de nuevo un par de veces más intentando recordar si alguien más estaba cerca de ellos mientras hacían el recorrido por las antiguas instalaciones del Sanatorio Durán de Costa Rica.

Un escalofrío recorre su espalda y siente que su corazón palpita a gran velocidad cuando en su mente repasa lo ocurrido aquella mañana. Nadie estaba con ellos en la vieja sala hospitalaria, ni en los alrededores. Tampoco escucharon en el momento de la grabación aquella tos de ultratumba que ahora se manifestaba con absoluta claridad en su computadora, haciendo un eco sórdido en la oscuridad de su sala.

Manifestaciones paranormales

Dolorosas operaciones de tórax, transfusiones e ingesta de sangre, malolientes ungüentos y brebajes a base de pulmones sanos de animales, sangrías, purgantes y terapias de baños calientes fueron algunos de los tratamientos experimentales utilizados para intentar salvar a los trescientos enfermos de tuberculosis que estuvieron internados en el Sanatorio Durán en la primera mitad del siglo XX.

Esta casa de curación comenzó a funcionar el 1 de noviembre de 1918 en un inmueble que se ubica a 7 km al norte de la ciudad de Cartago y a unos 18 kilómetros al sureste del Volcán Irazú, a una altitud de poco más de 2.335 metros sobre el nivel del mar. En aquellos tiempos, se creía que el clima templado frío colaboraba con la mejoría en los pacientes. También se buscaba aislar a los tuberculosos en lugares remotos para romper la cadena de transmisión de la enfermedad.

Numerosos diarios y cartas de pacientes de sanatorios en distintos lugares del mundo dan testimonio de la compleja trama de emociones que enfrentaban. Tras el diagnóstico fatal, la prescripción de internarse en un sanatorio era la condena a un exilio que se prolongaría por meses, años o quizá el resto de su vida.

La tuberculosis fue tan estigmatizante que muchos murieron abrumados por la tristeza de la ausencia de sus seres más amados. Y aquí en el sanatorio fundado por el médico y político costarricense Carlos Durán Cartín, expresidente de la República de Costa Rica, el eco de esa amargura aún parece retumbar entre sus paredes.

Una búsqueda rápida en la Internet da cuenta del espectro de una pequeña niña que se ha manifestado en las fotografías de algunos visitantes y el fantasma de una monja que supuestamente pasó su vida dando consuelo a los pacientes atormentados por una muerte en soledad. Varias personas reportan también que dentro del antiguo Sanatorio se sienten brisas muy frías y se manifiestan dos sombras que parecen figuras de pie por los rincones.

Lo último que se pierde

Cuenta la historia que una de las hijas del Dr. Durán padeció la enfermedad y fue entonces cuando él se interesó en conocer los últimos avances médicos en su tratamiento. A inicios del siglo XX, la tuberculosis era una de las principales causas de muerte, a pesar de que para 1882 Robert Koch ya había descubierto el bacilo que provocaba la enfermedad.

En 1903, el Dr. Durán viajó al prestigioso sanatorio Loomis en Liberty, Nueva York, creado y dirigido por el doctor Charles Loomis, la máxima autoridad en tuberculosis en Estados Unidos en aquel tiempo.

Casi diez años después, el Dr. Durán regresó cargado de esperanza a Costa Rica e implementó el modelo del hospital en ese apartado paraje en el distrito de Potrero Cerrado de Oreamuno. Para impulsar su proyecto, se apoyó en el prestigio que había ganado en el breve período que fue presidente de la República (1889-1890) y la influencia que tenía en el gremio médico por haber sido el fundador en 1898 del Asilo Chapuí para personas con problemas mentales.

El desarrollo de la casa de curación inició en 1915 y abrió sus puertas tres años después bajo el nombre de «Sanatorio Carit» en esta finca comprada por el gobierno. Inicialmente, para su construcción se usaron maderas de la zona resistentes a la humedad: el roble negro, cedro y pochote, así como la caña de Castilla. Con el tiempo, se desarrollaron otras etapas con estilos arquitectónicos distintos, creando un verdadero complejo médico que llegó a tener todos los servicios de los prestigiosos hospitales de Estados Unidos y Europa.

En 1925, las Hermanas de la Caridad de Santa Ana se integraron al proyecto y comenzaron a cuidar los pacientes que estaban distribuidos en cuatro secciones: un pabellón de hombres, uno de mujeres, otro de niños y otro para personas de alto nivel económico denominadas «pensionados», con un total de 60 camas. Al inicio sólo los pensionados pagaban; luego se estableció una modalidad de tarifas diferenciadas.

Dada la relativa lejanía del sanatorio, éste se torna autosuficiente desarrollando huertos, lechería, carnicería y una pulpería. También contaba con una capilla, un cementerio, una panadería y telégrafo. En 1931 se amplía a 120 camas y para 1936 aumenta a 270. Es en este año que se crea un pabellón de aislamiento y una escuela. Tanto los pacientes como el personal médico seguían un estricto régimen disciplinario y un tratamiento que consistía esencialmente en reposo, exposición constante al aire fresco y al sol así como un alimentación balanceada. Era un tratamiento indirecto para fortalecer el organismo y así controlar la infección.

Con los avances de la medicina y el hallazgo de tratamientos farmacológicos más eficaces, la incidencia y mortalidad de la tuberculosis comenzaron a disminuir y los enfermos podrían ser tratados en otros hospitales más cercanos. En la década de 1950 aumentaron los costos operativos y de mantenimiento, así que el Sanatorio entró en una franca decadencia que lo llevó al cierre en 1963.

Patrimonio histórico

Cuando cesaron las labores del hospital, la finca pasó a manos de la Dirección General de Adaptación Social y se abrió un centro de corrección de menores que funcionó entre 1974 y 1989. Luego, en 1990, los terrenos pasaron a concesión del Ministerio de Agricultura y Ganadería; que los cedió a la Unión de Pequeños Productores Agropecuarios Costarricenses (UPA Nacional).

En todo ese periodo de declive, el Sanatorio fue ganando fama por sus cuentos del más allá y por una sensación de nostalgia debido al notable estado abandono  de los edificios. En un esfuerzo por detener ese deterioro, el complejo fue declarado patrimonio histórico arquitectónico de Costa Rica el 19 de noviembre de 2014.

Actualmente, el sitio es un parque recreativo administrado por la UPA Nacional. En sus inmediaciones se desarrolla el cultivo de hortalizas y se llevan a cabo estudios de agricultura. También se alquilan algunos de los espacios restaurados para seminarios y reuniones con facilidades como habitaciones, servicio de comedor y un área para acampar. Si quiere hacer una reserva para explorar el lugar o tener un cara a cara con algún fantasma, visite su sitio web:  www.upanacionalcr.com/sanatorio.html

También te dejamos en un artículo de la Revista del Archivo Nacional de Costa Rica, que puedes descargar haciendo clic aquí, en el que se ha publicado valiosa información histórica del Sanatorio. 

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