Casas Encantadas: ¿Te atreves a conocer la verdad?

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El Palacio Echeverría en Chile, el Hotel El Refugio del Salto en Colombia, el 112 de Ocean Avenue de Amityville y la Mansión Winchester en Estados Unidos tienen algo en común: Los rodea un halo de misterio, de asuntos tan inconclusos que los etiquetaron como lugares paranormales. ¿Te animas a explorar lo que no se cuenta en las películas de horror y mucho menos en las crónicas de los cazafantasmas? Supera los escalofríos, enfrenta las leyendas y descubre la verdad detrás de estas Casas Encantadas. 

Aquí te dejamos el podcast de la transmisión en vivo a través de CICA Radio Internacional.

A continuación, verás los recursos adicionales que nos encanta facilitarte para que conozcas más del tema.  Haz clic sobre cada título para que despliegue la información sobre cada casa encantada. Es probable que si estás leyendo esto en tu celular, al tocar un título la pantalla salte al final de este artículo. Solo tienes que subir hasta ubicarte donde te quedaste en tu lectura. Debajo de este acordeón informativo podrás ver también el vídeo del programa transmitido a través del canal YouTube de CICA Radio Internacional.

Viajemos a Chile, más concretamente a la comuna de Providencia, ubicada en el sector nororiente de la ciudad de Santiago. Nuestra casa encantada se encuentra específicamente en la intersección de Avenida Salvador con calle Fresia. Se le conoce como Palacio Echeverria y si haces una búsqueda en Google Earth ahora (clic aquí), la herramienta te llevará directo al lugar y te desplegará una pequeña ficha que señala al edificio como un museo. También verás en el mapa un punto gris que indica que en un ala funciona la guardería “Pepe Grillo”. Esto contrasta con lo que encontrarás si rastreas en Internet el nombre de la casona, pues diversas fuentes aseguran que allí opera una empresa de arquitectura e ingeniería; aunque nadie sabe decirte el nombre de dicha compañía.

Independientemente de qué es lo que funciona allí ahora, lo cierto es que, cuando cae la noche, muchos vecinos y transeúntes aseguran ver la presencia fantasmal de una niña en la ventana principal del segundo piso. Peor aún hubo una temporada en la que los bomberos de la localidad casi pierden la cordura atendiendo constantes llamados de auxilio por supuestos incendios en el Palacio Echeverria.  Las alarmas siempre se encendían de noche, pero cuando llegaban no encontraban fuego, humo, cenizas u olor a quemado. Solo calma total. Dicen que aquello ocurrió durante casi dos años. Esto sin contar con las historias de personas que supuestamente han trabajado en ese edificio, no tenemos claro si en la guardería o en la compañía de arquitectura, y que han dicho que durante el día ocurren fenómenos extraños como ráfagas de aire helado, cajas y libros que se caen solos, así como puertas que se cierran sin ninguna explicación y pasos que se escuchan cuando todos están es sus puestos de trabajo.

¿Pero cuál es la historia real detrás de esta impresionante mansión, digno ejemplo de la riquísima arquitectura chilena de finales del siglo XIX y principios del XX? Para responder, saltaremos ahora al pasado, a los tiempos en los que en Santiago se habían construido un importante número de enormes casonas denominadas “Palacios”. Fue un periodo de desarrollo arquitectónico tan exquisito que se han publicado interesantes libros en torno a estas edificaciones. Haz clic aquí para que descargues un libro que nos pareció espectacula: “La Ruta de los Palacios y las Grandes Casas de Santiago.

Siguiendo con esa moda arquitectónica que se apoderó de la capital chilena,  el Palacio Echeverria habría sido construido en 1910, para servir de hogar a la familia Arrieta Fernández. Luego, pasó a ser propiedad de la famosa escritora chilena Inés Echeverría Bello o Inés Echeverría de Larraín; una novelista, ensayista y periodista que desarrolló una intensa actividad profesional desde 1904 hasta su muerte el 13 de enero de 1949. Su trayectoria la hizo merecedora de ser catalogada como una de las mujeres más influyentes del Feminismo Aristocrático de su época. Y hay que decir que esa posición la ganó por verdadero mérito propio, porque muy pocos de los que han leído sus obras recuerdan o saben que ella era bisnieta del venezolano Andrés Bello, considerado hoy por hoy la figura intelectual más destacada y de mayor relieve en la cultura hispanoamericana del siglo XIX.

Las inquietudes intelectuales de Inés estaban firmemente enmarcadas en algo que se denominó “Espiritualismo de Vanguardia”. Tanto, que se le considera su máxima representante en Chile ¿Y qué era esto? ¡Ufff! Menudo trabajo intentar explicarlo brevemente. Esto fue parte de los movimientos o tendencias que surgieron en Europa e Hispanoamérica a comienzos del siglo XX en el seno de los artistas de la época: Escritores, pintores, músicos y en general eso que llamas las bellas artes. Ellos adoptaron nuevas perspectivas con las que invitaba a contemplar la realidad desde una mirada calidoscópica, prismática, susceptible de ser reinterpretada desde muy distintos puntos de vista y que muchas veces tuvieron un potencial incendiario, controversial.

En toda esta maraña intelectual tenía su espacio el “espiritismo”, una doctrina que sostiene que es posible entablar una comunicación con el espíritu de un muerto a través de un médium; que es una persona con supuestas facultades paranormales que le permiten actuar como mediadora en fenómenos parapsicológicos. La visión filosófica de esta practica surgió a mediados del siglo XIX, cuando el prestigioso traductor, profesor, filósofo y escritor francés Hippolyte Léon Denizard Rivail, autodenominado Allan Kardec, le dio por estudiar el fenómeno de “las mesas parlantes” y quedó tan convencido de que se podía hablar con los muertos que terminó escribiendo “El Libro de los Espíritus” en 1857. Al año siguiente, lanzó la “Revue Spirite”, la primera publicación francesa dedicada exclusivamente al tema, y fundó la “Sociedad de Estudios Espiritistas de París”, que Rivail o Allan Kardec, como quieras llamarle, presidió hasta su muerte.

Por muy insólito que te parezca ahora, todas estas ideas del espiritismo dogmatizadas en el trabajo de Allan Kardec tomaron gran revuelo porque otros importantes intelectuales de la época comenzaron abiertamente a reconocer y defender airadamente su creencia en el más allá. Por ejemplo, los escritores Charles Dickens, Arthur Conan, Doyle y Víctor Hugo; el matemático británico Augustus De Morgan y el célebre físico y químico sin William Crookes quien era miembro de la Royal Society de Londres.

Luisa Lynch (sentada, a la izquierda), con sus hijos: Wanda, Carlos, Carmen, Ximena y Paz Morla Lynch

Así que bueno, para inicios del siglo XX, época en la que vivió Inés Echeverría Bello, la mesa estaba servida para las sesiones espiritistas sin ningún tipo de críticas o desprestigio. Y allí es que entra en escena nuestra casa encantada, el Palacio Echeverria, pues este se convirtió en el epicentro de mayor actividad de esta práctica en Chile. Además de la bisnieta de Andrés Bello, participaban activamente las hermanas Carmen y Ximena Morla Lynch, esta última otra escritora, feminista y pintora chilena. Quienes asistían como testigos aseguraban que cuando esas almas se manifestaban, la mesa donde se realizaban las sesiones prácticamente levitaba o se sacudía intensamente. Lo insólito era darse cuenta luego que esa mesa era tan pesada, que necesitaba tres hombres para ser movida. Todo aquello era aderezado con otros terroríficos eventos, como llamas que surgían espontáneamente, y que por cierto obligaron numerosas veces a los vecinos a llamar a la compañía de bomberos de la comuna. Pero cuando llegaban, los funcionarios no encontraban ninguna evidencia del fuego.

Pasaron los años entre sesiones espiritistas y en 1933 la hija de Inés Echevarría, Rebeca, fue asesinada brutalmente por su esposo Roberto Barceló mientras mantenía una discusión justamente dentro de la mansión. El hombre trató de defenderse diciendo que había sido poseído por uno de los perversos espíritus que invocaba su suegra, algo que no fue tomado en serio por las autoridades. Inés, llena de pesar, comenzó a obsesionarse mucho más con las sesiones y junto a sus amigas, las hermanas Carmen y Ximena Morla Lynch, realizaron casi que todas las noches reuniones espiritistas intentando contactar con Rebeca. Pero con cada sesión venían a este plano decenas de espectros y almas torturadas que fueron supuestamente quedándose en el ambiente, dando paso a los fenómenos paranormales que ocurrieron y supuestamente ocurren hoy en este sitio.

La historia de esta mansión se remonta a mucho más atrás de su construcción. Verán, la casa fue construida por Sarah Winchester, la viuda de William Winchester. Sí, los Winchester de los rifles americanos. El padre de William fue el fundador de la compañía. De aquí, la historia de Sarah se tornaría triste y tenebrosa.

El matrimonio primero perdió a su hija al mes de nacer, después al padre de William y por último, al mismo William, dejándole a Sarah la mitad de la compañía Winchester y 20 millones de dólares (que en 1880 equivalían a 536 millones en la actualidad), pero esto no le quitaba el sufrimiento que había pasado.

Aconsejada por un amigo, visitó a una médium para contactar a su esposo. Pero las cosas no salieron como ella espera. La pitonisa terminó diciéndole que la fortuna que acababa de heredar estaba maldita por las almas de las personas que perecieron por los rifles creados por su suegro y que estos espíritus la perseguirían hasta el fin de sus días.

Le recomendó que se mudara a California, lo cual hizo y compro una casa prácticamente en las ruinas, donde comenzó el proyecto que duraría el resto de su vida. Se cuenta que la médium le dijo «Debes empezar una nueva vida y construir un hogar para ti y para los espíritus de los caídos también. Nunca pares la construcción de esa casa. Si continuas construyendo, vivirás. Para y morirás.»

La casa, de cuatro pisos (llego a tener siete, pero se perdieron los tres superiores en un terremoto en 1906), cuenta con con más de 161 habitaciones, 467 puertas, 47 chimeneas, dos salones de baile, 10.000 paneles de vidrio, seis cocinas, 40 escaleras, 52 tragaluces, dos sótanos e incluso con una ducha de agua caliente, calefacción central y tres ascensores.

Además, Sarah pensaba que si construía la casa como una especie de laberinto, los espíritus no podrían encontrarla incluso si la trataban de seguir.  Hay puertas pequeñas o que no conducen a ninguna parte, y ventanas que miran adentro de otras partes de la casa. Aunque la mansión sea enorme, hay sólo dos espejos en el lugar. Esto se debe a que Sarah creía que los fantasmas temían a su propio reflejo.

También parece que Sarah tenía una cierta fijación con el número “13”. El “13” se repetía en el número de cúpulas del invernadero, el número de paneles de cristal de las ventanas o el de las paredes de madera. Los tramos de muchas escaleras eran de 13 escalones o el número de candelabros en algunas habitaciones, que volvía a ser 13. Probablemente sólo otra superstición más de las que dominaban a Sarah.

Luego de dirigir la continua construcción de la mansión durante 38 años, Sarah falleció mientras dormía a la edad de 82 años. Muchos acontecimientos extraños han ocurrido a través del tiempo y siguen reportándose actualmente. Los psíquicos han visitado la casa y creen que muchos espíritus deambulan por ella, incluyendo el fantasma de Sarah Winchester.

En la actualidad, la mansión de 24 mil metros cuadrados es un museo nacional, el cual se puede visitar en San Jose, California. Solo se puede recorrer acompañado, pues es fácil perderse dentro de los laberínticos pasillos que la conforman. Es más, se rumorea que varios de los fantasmas que se encuentran son de visitantes que se salieron del recorrido oficial y fallecieron en alguna de las habitaciones secretas.

Ahora nos movemos a Colombia, específicamente a San Antonio del Tequendama, un municipio del departamento de Cundinamarca, ubicado en la Provincia del Tequendama, a 56 km de Bogotá. Allí, a orilla de la carretera, sobre una sólida roca y frente a una impresionante caída de agua de 157 metros, se levanta una espectacular construcción que data de 1924 y que sirvió inicialmente de hotel y paso turístico por la belleza del paisaje.

El lugar se posicionó en el imaginario popular como la cascada de los suicidas, por el enorme número de personas que durante todo el siglo XX y, aún en estas dos últimas décadas, han llegado al lugar solo para lanzarse al vacío buscando su muerte. Bien porque están despechadas, o desesperadas por la ruina económica o simplemente decepcionadas de la vida. Dicen que quienes tomaron la trágica decisión ni siquiera querían que sus cuerpos fueran encontrados, pues el terreno donde caen es de tan difícil acceso que los primeros en lanzarse allí JAMÁS fueron rescatados. Incluso hoy día, a pesar de que hay más herramientas y conocimientos para descender por la ladera, los operativos de recuperación de cadáveres tienen un alto riesgo para los bomberos y especialistas que participan. A ellos no solo les toca descender en vertical por la ladera, sino que una vez abajo deben desplazarse con extremo cuidado, evitando resbalar por alguno de los peligrosos despeñaderos y terminar tan muertos como los que intentan rescatar.

La estigmatización de este rincón de Colombia como un paraje similar al famoso y siniestro bosque de los suicidas en Japón viene del mito según el cual el lugar es una especie de portal por el que transitan las almas en pena, especialmente las de los suicidas. Dicen que quienes tienen una mente débil y un espíritu perturbado quedarán a merced de las voces del más allá que intentarán convencerle de dar el salto mortal. Incluso se habla de una piedra en particular desde donde supuestamente se han tirado al vacío las mayorías de los desesperados.

Los amantes de estas historias aseguran que los espectros andan por igual dentro del antiguo edificio y en los alrededores. En 2000, un grupo de investigadores de lo paranormal entrevistó al cuidador del viejo hotel, que en ese momento ya estaba cerrado al público, y él les contó toda clase de sucesos escalofriantes que ocurrían entre esas paredes: Voces y sonidos del más allá, movimientos inexplicables de objetos y hasta presencias fantasmagóricas que lo atormentaban en la noche dejándose ver en su forma más demencial.

La fama del sitio estuvo al máximo en 2016 cuando el famoso cazafantasma mexicano Carlos Trejo llegó al Salto de Tequendama para medir con sus equipos la actividad paranormal y la energía que supuestamente fluye entre las rocas. El evento, en el que participaron bomberos de la localidad acompañando al forastero en su recorrido para que no corriera ningún peligro, fue transmitido por la televisión colombiana y se convirtió en un suceso nacional cuando Trejo confirmó la existencia de entidades, según lo captado por todo su aparataje. En YouTube encontrarás fácilmente estos vídeos.

¿Pero como fue que empezó esta historia de terror? En 1923, al entonces presidente colombiano Pedro Nel Ospina se le ocurrió construir el hotel como complemento de la lujosa estación terminal del Ferrocarril del Sur que recién había inaugurado. Ospina pensó que era buena idea tener allí su propio despacho presidencial para descansar, concibiendo al Salto del Tequendama como un sitio turístico. Desde hacía siglos el lugar era un espacio de culto para los muiscas y, mucho después, para los científicos que querían observar la impresionante flora y fauna de este bosque de niebla, un tipo un peculiar ecosistema húmedo de montaña subtropical que prácticamente ha desaparecido en Colombia.

En 1927 se inauguró oficialmente el “Hotel El Refugio del Salto”. La construcción afrancesada de cinco pisos hospedó a la crema y nata de la sociedad colombiana. Allí se realizaron grandes cenas y fiestas especiales hasta 1950, cuando el edificio fue vendido a particulares que lo tuvieron como un lujoso restaurante hasta finales de los ochenta. Para ese momento ya se habían dado varios suicidios, todos reseñados por la prensa colombiana, pero también la contaminación ambiental había hecho estragos en esta impresionante cascada de 157 metros de altura sobre el abismo rocoso de forma circular.

Y es que el Salto del Tequendama no es otra cosa que uno de los puntos del recorrido que hace el Río Bogotá, que tiene una longitud de 380 kilómetros desde su naciente en el páramo Guacheneque, hasta su desembocadura en el Río Magdalena, atravesando así el departamento de Cundinamarca, en el centro de Colombia. Con los años, el desarrollo industrial, la descargan de aguas residuales de la ciudad de Bogotá y sus alrededores, e incluso los venenosos residuos de operaciones artesanales como la curtiembre, acabó con TODA la vida macrobiótica de este cuerpo de agua, ni siquiera está presente el oxígeno. Por eso muchos dicen que el Bogotá es un río muerto. Para empeorar el asunto, desde 1895 la hidroeléctrica de El Charquito ha utilizado en sus operaciones este cauce fluvial antes de llegar al Salto del Tequendama, provocando una disminución sostenida y considerablemente de su caudal. Esta es la razón por la que el Río Bogotá despide un fuerte olor nauseabundo y luce un feo color entre marrón oscuro y un extraño verdoso, variando sus tonalidades según el lugar por el que va pasando e incluso las condiciones ambientales del día.

Esa contaminación ambiental fue lo que en realidad hizo que cada vez menos la gente se animara a ir al restaurante. ¿A quién le gusta comer en un lugar donde fluye el hedor del “progreso”? Así que, al cerrar el establecimiento, la casa quedó prácticamente abandonada a la suerte del clima, de la naturaleza y del folclor colombiano.  Pero todo cambió en 2011 cuando la Fundación El Porvenir se interesó en la riqueza histórica y la biodiversidad del lugar. Tanto fue su entusiasmo, que compró la edificación y trabajó en su reconstrucción con la ayuda de varias organizaciones.

En 2014 la instalación quedó nuevamente abierta al público, pero ahora como “Museo Salto de Tequendama Biodiversidad y Cultura”. Allí los turistas nacionales y extranjeros pueden conocer la interesantísima historia del hotel, el valor de esa antigua edificación y, por supuesto, pasear por el bosque de niebla que arropa la región. Las autoridades del lugar y los guías están haciendo un gran trabajo para espantar los espectros… y no precisamente los de los mitos. Más bien lo que ellos llaman el “fantasma de la indiferencia”, que no solo provocó el abandono de esta reliquia de la arquitectura colombiana, sino que incluso impulsó a un grupo de personas a intentar quemar el edificio para acabar con los supuestos espíritus malignos que mantienen en oscuridad el lugar.

En ese esfuerzo por reeducar al público también está el recordatorio de las leyendas primigenias que la elevan a lugar sagrado esa área. Y es que un mito del pueblo muisca (también conocidos como los chibchas) afirma que el Salto del Tequendama se formó por acción divina del dios Bochica; el que les enseñó a los aborígenes a hilar el algodón y tejer mantas, además de inculcarles principios morales y sociales. Según la tradición ancestral, Bochica golpeó con su cayado la roca de la montaña para que se abriera en dos y así evacuar las aguas que inundaban la sabana de Bogotá y habían obligado a su pueblo a huir a zonas más elevadas. Así que tal vez lo que captaron los equipos del cazafantasma Carlos Trejo no fue otra cosa que el poderoso garrote del dios de los chibchas reprochando a los humanos haber contaminado el «alma de la sábana», como llamaban los muiscas al Río Bogotá. Si fue así, ¿podemos entonces sugerir que en el lugar el único espíritu en pena es el del río muerto?

Justamente después de esta pregunta, y ya para cerrar esta reseña, me parece importante señalar que desde hace años las autoridades colombianas reconocen la urgente necesidad de recuperar este importante cuerpo fluvial. Sin embargo, parece que aún no lograr atinar en las acciones para cumplir esa meta. El récord de noticias que se puede encontrar en Internet en torno a este asunto es abrumador y permiten concluir que, independientemente de las diferencias y obstáculos, prevalece la esperanza en que los millones de personas que habitan en los alrededores Río Bogotá puedan verlo navegable y útil para la agricultura en el próximo lustro; sin su característico color oscuro y olor fétido, renaciendo así el “alma de la sabana”.

Para que conozcas más de este bello e importante paraje de Colombia, aquí te dejo estos interesantes enlaces:

  • Casa Museo Tequendama. Clic aquí
  • Marca Colombia: Un jardín dentro del bosque. Clic aquí
  • Revista Semana: “En la casa del Salto del Tequendama no hay espíritus”. Clic aquí
  • Especial Bogotá: Renace el alma de la sabana. Clic aquí

En 1974 Estados Unidos quedó impactado por el asesinato de una familia completa en un pequeño pueblo llamado Amityville, ubicado en Long Island. Todo comenzó cuando uno de los hijos del matrimonio Defeo, Ronald, disparó a sus padres y cuatro hermanos, mientras estos dormían al interior de su casa en el 112 de Ocean Avenue.

Ronald tenía 23 años y la noche anterior al homicidio drogó a sus víctimas para poder ejecutar su plan, que consistía en fusilarlos uno a uno en sus respectivas habitaciones. El hombre disparó a todos por la espalda, a excepción de la madre, quien fue descubierta con una bala en la cabeza. Las víctimas fueron encontradas boca abajo con los brazos  cruzados.

Tras el asesinato, Ronnie, como le decían sus amigos, escondió la escopeta con la que disparó y corrió hacía un bar del pueblo, donde señaló que alguien había asesinado a su familia. La policía llegó al lugar y encontró la macabra escena.

Debido a la débil coartada del joven, las autoridades pronto descubrieron que el autor de los crímenes había sido el mismo Ronnie. Su abogado intentó declararlo enfermo mental, pues aseguraba que había escuchado voces que le ordenaron matar a su familia; algo que los jueces no creyeron y lo condenaron por asesinato premeditado, sentenciándolo a veinticinco años de cárcel por cada una de sus víctimas.

Poco más de un año después de la tragedia, una nueva familia compró la casa y se mudaron a ella. El lugar era de ensueño y su valor muy asequible. Edificada sobre un amplio terreno, la casa contaba con tres pisos, cinco habitaciones y un amplio sótano. Pero como los nuevos dueños conocían lo que había ocurrido allí, decidieron tomar sus precauciones.

Cuando George y Kathy Lutz llegaron al lugar junto a sus tres hijos, llevaron a un sacerdote a bendecir la propiedad. Pero, según cuenta la leyenda, apenas el hombre pisó el lugar una voz proveniente del inmueble les gritó: Fuera de aquí. Esa sería la primera de muchas muestras de actividades paranormales que se vivieron en dicho lugar.

Ruidos, olores y manchas desconocidas aparecían por toda la casa. El padre de familia comenzó a padecer los rigores de una extraña energía que lo afectaba emocional y mentalmente. George no podía dejar de sentir un gran frío que lo hacia pasar horas frente a la chimenea, además poco a poco comenzó a despreocuparse de su aspecto personal y se volvió malhumorado y extraño.

En tanto, la hija menor de Kathy y George, Melissa, comenzó a tener una amiga imaginaria llamada Jodie, igual que una de las víctimas de Ronnie. La presencia de esta figura se fue haciendo cada vez más fuerte en la casa, hasta que incluso otros pudieron verla.

La familia vivía con un gran miedo, según relató años después Danny Lutz, uno de los hijos de la pareja, quien en ese momento tenía sólo nueve años.

“Yo no sabía nada de lo que pasó allí hasta el día en que entré en la casa. Mamá nos dijo: ‘Hay algo que quiero que sepas. Había una familia que fue asesinada aquí’. Ella nos preguntó si nos molestaría. Pero cuando uno tiene esa edad apenas sabe lo que es un asesinato”, reveló Danny en un documental sobre lo ocurrido.

Con el paso de los días, no sólo los olores, ruidos y las manchas comenzaron a preocuparlos, en una ocasión encontraron más de 500 moscas en una habitación y en otro momento, según reveló Danny, vio una criatura de aspecto maligno en la ventana del dormitorio de su hermana menor Melissa.

Las cosas se salieron de control cuando Danny y su hermano levitaron de la cama. “Los dos nos despertamos y nuestras cabeceras y pies estaban aplastándonos y golpeándonos uno al otro en el techo. Después de eso mamá me dijo: ‘Ve a preparar tu maleta. Nos vamos a casa de la abuela, vamos a salir de aquí’. Yo no sabía que nunca regresaría a la casa de Amityville”, recordó.

Y así fue, tras los múltiples ataques, la familia abandonó todo y se fueron del lugar sin nada. Los medios de comunicación por supuesto se enteraron de lo ocurrido y decidieron cubrir la noticia, lo que hizo que el pueblo dudara de las palabras de la familia, ya que aseguraban que sólo buscaban dinero.

Mientras el pueblo no les creía, Ed y Lorraine Warren, un matrimonio expertos en temas paranormales, fueron llamados para investigar lo que estaba ocurriendo allí. Decisión que posteriormente lamentarían. La misma Lorraine, aseguró que este trabajo fue el peor que se enfrentó en su vida.

“El caso en sí ha afectado nuestras vidas personales más que cualquier otro caso en el que hayamos trabajado en cincuenta y cuatro años de investigación. Hemos estado involucrados en peligrosos casos diabólicos, hemos estado involucrados con levitaciones y sangre procedente de los ojos de alguien. Todo tipo de cosas malas. Pero ese caso nos siguió en nuestra casa”, señaló en una entrevista. “Nos atacaron la primera vez que entramos a la casa, y eso es muy inusual”, agregó.

Durante el tiempo que duró la investigación la pareja no sólo fue agredida físicamente -Ed fue lanzado al piso varias veces mientras rezaba o realizaba provocaciones religiosas-, también espiritualmente. Hasta el día de hoy aseguran haber sentido una presencia demoníaca y haber visto los cuerpo de la familia Defeo.

Como si esto fuera poco, el equipo de la pareja logró captar la imagen de lo que parece ser un niño fantasma en el segundo piso de la casa, donde se supone que no había nadie más.

La casa fue vendida en 2010 por 950 mil dólares y los dueños llevaron a cabo varias «renovaciones» para evitar que los fanáticos del terror siguieran allanando la propiedad. Cambiaron la fachada de la tonalidad oscura y siniestra que tenía a una pintura blanca más nítida, pusieron ventanales modernos e incluso le cambiaron la numeración de 112 a 108. Sin embargo, los dueños no duraron mucho allí (a pesar que no se volvieron a reportar hechos paranormales) y la volvieron a poner a la venta.

Así que si tienes 800 mil dólares, un sentido aventurero y una falta de temor por los fantasmas, la famosa casa de Amityville puede ser toda tuya. ¿Te crees lo suficientemente valiente como para ser el propietario de esta joya tenebrosa, inspiradora de varias películas de horror?

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