Estoy seguro de que cuando lees la palabra «naufrago«, te imaginas a Tom Hanks gritando «¡Wilson!» mientras flota en el medio del mar. Sin embargo, no es solo en Hollywood que las personas tienen que sobrevivir en un océano que no parece terminar. Y en la vida real, las situaciones en las que se han encontrado los humanos en las aguas que componen el 71% de la Tierra no se limita a pasar meses perdido sin ver civilización.
Desde tormentas que se tragan barcos enteros hasta animales que también se tragan personas enteras. Parte del miedo asociado a la talasofobia es ese sentido de estar completamente sumergido y rodeado por un entorno para el que no estamos preparados biológicamente. Veamos, pues, tres casos impresionantes de humanos que se enfrentaron a los obstáculos del Casillero de David Jones y vivieron para contar la historia.
Harrison Okene
3 Días en el Fondo del Mar
Harrison Okene nació en la pequeña ciudad de Warri, Nigeria. Estaba entre los más jóvenes de 13 hermanos y era el que siempre acompañaba a su madre a llevar los vegetales que cosechaban al mercado. Cuando creció se volvió cocinero de un barco remolcador, algo siempre le llamó la atención del mar. En mayo de 2013, cuando Okene tenía 29 años, el barco donde trabajaba recibió el trabajo de apoyar a un navío petrolero que se hallaba en medio de una tormenta. Era un trabajo al que estaban acostumbrados, el remolcador simplemente ayudaría a estabilizar al petrolero y aguantarían lo que durara la tormenta.
El 26 de ese mes, el Jacson-4 ya estaba cerca del petrolero, a casi 33 km de la costa de Nigeria. Evidencia de ello era las aguas intranquilas y los cielos oscuros, aunque ya fuera de mañana. Okene se levantó como cualquier otro día, rezó y se puso a calentar las hornillas de la estufa mientras iba al baño a cambiarse. De repente, se sintió un estruendo y todo empezó a dar vueltas. Cuando Harrison logró levantarse, se dio cuenta de que estaba parado en el techo. Pronto su preocupación se tornó hacia la gran cantidad de agua que entraba por las ventanas de los camarotes, la cual cerró la puerta de su baño bajo una presión constante que aumentaba.
Okene logró abrir la puerta, y salió al pasillo de las habitaciones donde se encontró con tres compañeros. Entre los cuatro intentaron abrir la puerta que separaba los dormitorios del exterior del barco, pero estas son enormes puertas de metal que están diseñadas para prevenir que el agua la traspase. Normalmente esto era para la seguridad de la tripulación en caso de una ruptura en el cuerpo del barco, pero lo que Harrison y sus compañeros no habían notado era que el barco se estaba hundiendo mucho más rápido de lo que pensaban.
Mientras más desciendes bajo el agua, más aumenta la presión, que normalmente se mide en atmósferas (atm): la presión que normalmente tenemos sobre nosotros en la tierra. Cada 10 metros se duplica esta presión, haciendo que la puerta sea aún más difícil de abrir. Si a eso le sumas que estando al revés la puerta está esencialmente «cerrada con llave», la situación se vuelve imposible. Algo en Okene le hizo entender eso en un nivel primitivo, y el joven nigeriano se dio la vuelta y se adentró hacia los dormitorios, aunque no tuviera sentido.
Una de las corrientes de agua lo arrastró hacia otro baño, y la presión eventualmente cerró la puerta. En un intento por abrirla con toda sus fuerzas, Harrison arrancó la manilla. Aunque era malo estar atrapado en un barco hundiéndose, tenía una pequeña burbuja de aire que había quedado cuando se cerró la puerta que daba al pasillo. El único baño que tenía acceso al pasillo era el del primer oficial de maquinaria, por ende debía haber otra puerta que diera a la cabina del oficial. Okene la consiguió, pero como las costas de África siguen siendo propensas a ataques de piratas, todas las puertas de las habitaciones se mantenían cerradas con llave.
Harrison podía escuchar los gritos de socorro de sus compañeros, mientras que golpeaban las paredes intentando abrir la puerta hacia el exterior. «Me dije que en vez de entrar en pánico, tenía que calmarme y encontrar una salida», contó el cocinero en una entrevista. Okene arrancó la rejilla de la ventilación, y la utilizó para forzar la puerta hacia la cabina del oficial. Lo bueno de que a mayor profundidad, mayor presión es que llega un punto en el que la presión del aire (que es aproximadamente 1 atm o 1.013 bar) no tiene la fuerza para pasar a través de los metros de agua y salir a la superficie. Es por eso que cuando logró abrir la puerta, Harrison se encontró con una enorme «burbuja de oxígeno» que lo mantendría vivo.
Mientras investigaba la habitación encontró dos chaquetas salvavidas y dos linternas. Al mismo tiempo, se dio cuenta de que ya no se escuchaban los gritos de sus compañeros y Okene asumió que habían logrado escapar. Salió al pasillo y buscó la puerta, pero esta aún estaba sellada. Intentó volver a su burbuja de aire, pero la desorientación de estar en el barco al revés entró a la puerta equivocada y encontró el cuerpo ahogado de su compañero. Eventualmente volvió a la cabina del oficial, y preparó un plan. Buscó en el pasillo y encontró una lata de sardinas, una soda y un montón de ropa, la cual rasgó en tiras y se hizo una cuerda.
Ató un final de esta a la puerta de la cabina y el otro a su bóxer. Ahora tenía una forma rápida de volver a tomar aire mientras intentaba seguir abriendo la puerta al exterior. Durante uno de los intentos, sintió que todo se estremeció. De repente, todo estaba absolutamente quieto y silencioso. Okene supo de inmediato lo que esto quería decir: el barco tocó el piso del mar. A más de 30 metros bajo el océano, aunque Harrison lograra abrir la puerta en un acto sobrehumano de fuerza, sus pulmones colapsarían si intentaba subir a la superficie. Una particularidad de los gases es que cuando disminuye la presión alrededor de ellos, se expanden. Si no asciendes muy gradualmente desde las profundidades del mar, el aire en tus pulmones y los gases en tus tejidos se expanden hasta que revientes como un globo sobre inflado.

Con tal pronóstico, a Okene solo le quedaba un plan: racionar la soda y la lata de sardinas y esperar a que un equipo de rescate viniera. El barco petrolero se daría cuenta de que el remolcador nunca llegó y llamaría a los servicios de emergencia. Harrison consiguió unas cajas de madera, las desarmó y se hizo una balsa para poder esperar sobre el agua en su burbuja de aire. Cada respiro que daba disminuía la cantidad de oxígeno a su alrededor. Okene sabía esto, y comenzó a rezar y cantar los himnos de la iglesia:
Tantos himnos de la iglesia. Traté de matar el miedo frente a mí, porque si hay algo que te mata rápido es el miedo. El pánico que te consume te mata antes de que llegue la verdadera muerte. Porque el momento que comienzas a entrar en pánico, consumes mucho oxígeno.
Harrison Okene
En esa oscuridad tan abundante, sin idea de si era de día o de noche, el silencio fue quebrado por un golpe en el cuerpo metálico del barco. Con la esperanza de que fuera un rescatista, Okene hizo todo el ruido que puedo, empezó a gritar mientras le pegaba a la puerta con todo lo que encontraba a su alrededor. Por suerte se trataba de un buzo que estaba amarrando una boya a los restos del barco para advertir de su posición al resto de navegantes. Aunque ni se imaginaba que aún hubiera una pobre alma atrapada allí, logró oír a Harrison y llamó a los servicios de emergencia.
Después de un tiempo, Okene volvió a escuchar un ruido, pero este vino desde dentro del barco. De repente, se empezaron a ver luces en el agua y Harrison respiró hondo para aventurarse hacia ellas. Quedó grabado en la cámara de los rescatistas el momento en que la mano de Harrison Okene agarra a uno de los buzos y, posteriormente, lo equiparon para llevarlo a una cámara de recompresión para poder aclimatar su cuerpo al cambio de presión gradualmente. Más allá de la garganta raspada por tragar agua salada y mordidas de cangrejos en las piernas, el cocinero se encontraba en perfecto estado físico. Cuando le contaron qué había pasado 60 horas en la profundidad del mar, Okene no lo podía creer.

Tras su rescate, Harrison no hizo casos a las recomendaciones de ir al hospital. Su única prioridad era ver a su esposa y a sus padres. Sin embargo, cuando llegó a su hogar se encontró con un montón de reporteros que habían oído de su rescate. Tras unas breves declaraciones, decidió que quería alejarse de la multitud y todas las preguntas. Tomó unas vacaciones en un hotel frente al mar en Gambia. Sorprendentemente, a Okene no le molestaba la cercanía al océano; toda su vida le había parecido relajante y no iba a dejar que un accidente cambiara eso.
Cuando volvió a Nigeria consiguió un trabajo en Port Harcourt, una ciudad ubicada en el delta del río Níger. Un año después de lo ocurrido en el Jacson-4, iba de camino al trabajo con un amigo cuando perdió el control de su auto y cayeron por el puente al río. Okene abrió la puerta y empezó a nadar a la superficie cuando se dio cuenta de que su amigo no lo estaba siguiendo. Volvió a su auto, lo rescató y lo sacó a la superficie. Por extraño que suene, esta experiencia le creó un ánimo por aprender a bucear, y fue él mismo quien amarró la cuerda alrededor de su carro para que lo pudieran sacar del río.
Por peticiones de su hermano, quien estaba sumamente preocupado por la salud mental de Harrison, no terminó metiéndose en un curso de submarinismo. Sin embargo, en 2015 Okene se divorció de su esposa y cayó en una fuerte depresión. «Si me hubiera sentado y dicho no vuelvo al mar, siento que no estuviera aquí hoy». En ese momento decidió certificarse como buzo. En la actualidad trabaja de ello, haciendo instalaciones y reparaciones en plataformas petroleras a profundidades de hasta 50 metros.
Michael Packard
Tragado por una Ballena
Michael Packard es un buzo cazador de langostas de Wellfleet, una ciudad en la punta del Cabo Cod, Massachusetts. Lo que hacía el veterano de 56 años para ganarse la vida era partir de la costa, ponerse su traje de buzo y buscar langostas entre 3 y 30 metros bajo el mar. El 11 de junio de 2021, a eso de las 8:00 am, Packard iba a bordo de su barco, el Ja’n J, a su segundo buceo del día. Salió acompañado de su amigo Josiah Mayo, quien esperaba en el bote mientras Michael se encontraba a más o menos 10 metros de profundidad.
De repente, todo se oscureció y Packard sintió músculos que lo envolvían y apretaban. Por un momento pensó que se lo comió un tiburón, pero no sentía dientes a su alrededor ni heridas en su cuerpo. Fue ahí cuando se formó el pensamiento «¿me tragó una ballena?«. Aunque te parezca que te esté contando la historia de Jonás, o de Pinocho y Geppetto, a Michael Packard se lo tragó una ballena jorobada. Bueno, no se lo tragó per se.

Las jorobadas miden entre 14 y 17 metros, y cuando se alimentan simplemente abren sus bocas y tragan alrededor de 20,000 litros de agua. En sus bocas tienen una serie de placas formadas de queratina que tienen pequeños vellos las cuales mantienen enredados al kril del que se alimenta. De esta forma, la ballena escupe toda el agua y mantiene su comida en la boca. Aunque un humano cabe cómodamente (si ignoras al ser vivo intentando tragarte) en la boca de una ballena jorobada, su esófago es demasiado pequeño para que la persona pase.
Packard notó que la ballena se percató de este detalle, pues se empezó a sacudir por 30 a 40 segundos. Y con la misma velocidad con la que todo se oscureció, Michael quedó cegado por la luz del sol. Solo vio la cola de la criatura mientras se alejaba, y sintió sus músculos severamente lastimados por el impacto. Josiah Mayo vio claramente como la ballena llegó, se sumergió, se sacudió un rato y escupió a Packard. Mayo se tiró al agua, rescató a su compañero y se lo llevó al pueblo cercano de Provincetown. De allí lo llevaron en ambulancia a Cape Cod Hospital donde lo dieron de alta el mismo día.
Casualmente, Michael Packard ya había pasado por una experiencia cercana a la muerte dos décadas antes. En diciembre de 2001, el buzo se encontraba en Costa Rica. Durante esa época del año no hay muchas langostas en el Cabo Cod; por eso Michael se iba con su barco hasta Centroamérica para trabajar la pesca allá. Iba en una avioneta de San José, la capital tica, hacia Puerto Jiménez cuando súbitamente sufrieron una avería de motor y chocaron. El piloto, copiloto y uno de los pasajeros fallecieron, mientras que Packard y otras cuatro personas sobrevivieron. Definitivamente que este hombre es duro de matar, y no tuvo que quedarse calvo para serlo.
José Salvador Alvarenga
438 Días en Naufragio
Nacido en Garita Palmera, El Salvador, José Salvador Alvarenga se mudó a México en 2002. Allí, comenzó a trabajar de la pesca en aguas profundas. Diez años después, el 17 de noviembre de 2012, el ahora veterano José emprendería, sin saberlo por supuesto, en una auténtica Odisea. Alvarenga y su compañero de pesca, Ray Pérez, prepararon el bote un día antes, para una pesca de aproximadamente 30 horas.
La embarcación medía unos 7 metros de largo, estaba hecha de fibra de vidrio y contaba con un motor básico de lancha. Adentro llevaban:
- 70 galones de gasolina
- 16 galones de agua
- 50 boyas
- 700 anzuelos
- Millas de sedal
- Un par de cañas de pescar
- 23 kilos de sardinas para usar de cebo
- Un arpón
- Tres cuchillos para limpiar los peces
- Tres baldes para achicar el agua (esencialmente si se empieza a meter agua en el barco, sacarla con el balde).
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Llevaban un teléfono y GPS que no eran a prueba de agua, y una radio para poder contactar al jefe de la empresa pesquera en caso de emergencia. Por último, una caja de fibra de vidrio del tamaño de un refrigerador con 91 kilos de hielo para mantener la pesca fresca.

Sin embargo, a último minuto le surgió una emergencia a Ray y no podía embarcarse con José. Alvarenga necesitaba el dinero de la pesca, por lo que le pidió a Pérez que le sugiriera un reemplazo. Fueron a un pueblo cercano donde vivía Ezequiel «Piñata» Córdoba, delantero estrella del equipo local de fútbol y pescador novato. Aunque no tuviera la misma experiencia en el mar que José, el fervor de la juventud hacía tarea fácil una jornada de 30 horas.
Partieron en la mañana del 17 de noviembre desde Costa Azul, Chiapas, y en un principio todo parecía ir de maravilla entre los, hasta el momento, desconocidos. Al día siguiente, cuando llevaban unos 500 kilos de atún, dorado y peces vela y espada, una feroz tormenta los empezó a alejar más y más de la costa. A más de 80 kilómetros de tierra firme y con la terrible visibilidad que había en la tormenta, José solo podía intentar alinearse con las olas para poder acercarse a la costa mientras que Piñata trataba de achicar el agua de la cubierta. Por un momento, el cansancio casi se apoderó de Córdoba, pero el liderazgo de Alvarenga le dio el aliento necesario para seguir la repetitiva moción de llenar un balde del piso, tirarlo al mar y darte cuenta de que el charco sigue igual o más grande.
A eso de las 9:00 am del 18 de noviembre, la tormenta cesó un poco, la visibilidad mejoró ligeramente y José divisó a la distancia una montaña. Lastimosamente, fue por ese mismo tiempo que el motor del barco cedió ante todo el agua que le estaba entrando. Sin otra alternativa, Alvarenga solo pudo encender su radio y rezar que la señal le llegara a su jefe:
— ¡Willy! ¡No tenemos motor, Willy! ¡Contesta!
— Aquí estoy, mantén la calma, José. Dime tus coordenadas.
— Tampoco tenemos GPS, se dañó en la tormenta. Puedo ver la costa, tal vez a unas 50 millas.
— Tranquilo, ya contacté un equipo de rescate, suelta un ancla y quédate ahí.
— ¡No hay ancla! Desapareció ayer antes de salir, no pensé que la necesitáramos.
— Está bien, no se desesperen, ya vamos a buscarlos, José.
— ¡Por favor, Willy, nos está jodiendo el mar aquí!
A pesar de no tener un ancla tradicional, Alvarenga se las ingenió para hacer un ancla flotante con las boyas que tenía en el barco, amarrándolas en cadena con sedal. Aunque no los mantuviera en la misma posición, hace que la embarcación no flote a la deriva por completo. Sin embargo, el problema sería sobrevivir al mar ajetreado, donde cualquier ola podría volcarlos. Por ello, José le ordenó a Piñata que botar a las profundidades los 500 kilos de pesca y la gasolina que les quedaba para hacer que el bote fuera más ligero. Ahora solo podían intentar achicar el agua dentro de la cubierta y esperar su rescate.
No pasó más de una hora y se le acabó la batería a la radio, antes del mediodía ya Alvarenga se percataba que la tormenta iba para largo. Hora tras hora se les iba de las manos, y por más que llenaban baldes de agua para tirarlos al mar, la lluvia hacía que fuera una labor afín a la de Sísifo. Llegó un punto que José, al borde de la locura, solo pudo desquitarse con sus implementos ya rotos: aventó el GPS al mar con todas sus fuerzas y le empezó a pegar al motor con el martillo con el que mataban a los peces que atrapaban. Cayó el sol más allá del horizonte y aún no había señales de Willy o el equipo de rescate.

El frío se volvió insoportable. Alvarenga y Córdoba voltearon la hielera de fibra de vidrio y se refugiaron un rato de la lluvia mientras intentaban usar el calor corporal de ambos para aliviarse de la hipotermia. Fue un charco de agua que se les coló e iba subiendo que los hizo acordarse que al menos uno tenía que estar afuera achicando agua, por lo que empezaron a hacer turnos de 15 minutos. En la oscuridad absoluta de la noche, la pequeña embarcación de José era invisible: no tenían lámparas o alguna superficie levantada que los distinguiera, como una antena. Sin forma de saber si siquiera seguían vivos, la búsqueda de José Alvarenga y Ezequiel Córdoba tuvo que ser cancelada tras dos días. La tormenta se había vuelto tan peligrosa que se prohibió a las embarcaciones de la costa salir hacia el pacífico mexicano.
En medio del ajetreo de la tormenta, se perdieron las cañas de pescar, y habiendo tenido que tirar su botín al mar, José empezó a atrapar peces con las manos, los cuales limpiaba y fileteaba Piñata. Al comienzo se comían los cortes que sacaba Ezequiel crudos. El 22 de noviembre la tormenta paró tras cinco días, y pudieron empezar a secar el pescado al sol. Cuando se les acabaron las reservas de agua tuvieron que recurrir a tomar la sangre de las tortugas que capturaban.
Alvarenga vio a Córdoba a punto de caer en la tentación de tomar agua del mar y lo detuvo de inmediato. Hay muchos motivos por el que tomar agua salada es malo, pero el principal (especialmente en una situación de vida o muerte) es que los riñones se encargan de nivelar el sodio en la sangre expulsándolo a través de la orina. Sin embargo, el nivel de sal máximo al que puede llegar el orín es menor al del agua de mar. Por ende, necesitas orinar más agua de la que consumes, empeorando la deshidratación. Es por este mismo principio que el mítico tip de supervivencia de Bear Grylls no sirve en la realidad: si tomas tu propia orina para sobrevivir a la deshidratación, solo la empeorarás.
Ya con 14 días en altamar, José y Ezequiel lograron hacerse de unas buenas reservas de pescado disecado. Incluso se encontraron con bolsas de basuras de barcos que pasan por el mar y las dejan flotando. En cualquier otra situación, esta podría ser una vista deprimente del cuidado del medio ambiente. Pero para este par de náufragos, estos eran pequeños cofres de tesoros. Mucha de la comida ya no era comestible (por algo estaba en la basura), pero a veces encontraban cartones de leche que aún no estaba tan agría o, en el mejor de los casos, comida enlatada que no habían abierto.
Otra de las ventajas de la basura es que estaban repletas de botellas de plástico. Estas podían ser «lavadas» y reservadas para que, cuando volviera a llover, tuvieran agua potable. Pronto se vieron nubes negras, pero esta vez Alvarenga y Córdoba estaban preparados. Ayudaba mucho que esta tormenta no fuera tan mala como la que los tiró en naufragio, pero José llevaba ya un par de días ideando un sistema de recolección de agua de lluvia. Apenas empezó a oír las primeras gotas, levantó a Piñata. Lo que hace dos semanas los llenó de desesperación, ahora los llenaba de alegría de no tener que recurrir a tomar sangre de tortugas o su propia orina.
A veces José y Ezequiel intentaban buscar un mínimo de consuelo en medio de la tragedia. Agradecían la compañía del otro, veían hacia la inmensidad del mar y hacían lo único que podían hacer; hablar:
Hablábamos de nuestras madres, de lo mal que nos habíamos portado en el pasado. Le pedíamos a Dios que nos perdonara por ser tan malos hijos. Imaginábamos poder abrazarlas y besarlas. Habíamos prometido trabajar duro para que ellas no lo tuvieran que hacer, pero ya era muy tarde.
José Alvarenga
Habían pasado dos meses desde que salieron de Chiapas cuando la tragedia los atacó de nuevo. Se le acabó la suerte a Ezequiel Córdoba, y tras tantos pescados, tortuga e incluso medusas crudas, se enfermó de algún virus o bacteria estomacal. Cuando intentaba comer, vomitaba de inmediato. Esto lo llevó a rechazar cualquier comida que José le ofrecía. La depresión y la enfermedad ya estaban acabando con Córdoba, hasta el punto que le pidió a Alvarenga que si sobrevivía volviera a México a visitar a su mamá. Ezequiel pedía que «le digas que lo siento por no poder despedirme. Dile que me deje ir, que ya no me haga más tamales, que me fui con Dios». José aceptó solo si Piñata prometía visitar a sus padres en El Salvador si sobrevivía. Así los dos hombres hicieron un último pacto.
— Me estoy muriendo, ya casi me voy. — dijo Córdoba una mañana.
— No digas eso, por favor. — le contestó Alvarenga, acostándose a su lado — Ven, vamos a descansar, guarda tus energías.
— Estoy cansado… Quiero un poco de agua…
—Ten, toma poco a poco. — José le acercó una de las botellas a los labios de Ezequiel, pero este no tomó. En cambio, su cuerpo se estiró por completo y empezó a convulsionar. — ¡No me dejes solo, por favor! ¡Resiste! ¡Qué se supone que haré aquí solo!
Córdoba no le contestó, y falleció a los pocos segundos. Alvarenga sentó el cuerpo de su compañero para evitar que una ola se lo llevara. Fue lo único que pudo hacer antes de llorar por horas, hasta que se le hizo de noche y el cansancio le ganó a su pena. Cuando se despertó la mañana siguiente, José se quedó viendo a Ezequiel por un rato antes de decir:
— ¿Cómo te sientes? ¿Dormiste bien?
— Sí, descansé, ¿y tú? — Alvarenga se contestó solo, manteniendo una conversación con «Córdoba».
La pérdida de su compañero lo llevó a perder la cordura, y pasó los siguientes seis días haciendo como si no hubiera ocurrido. En la sexta noche, bajo una luna nueva, José se encontraba en una de sus charlas cuando, como si se despertara de un sueño, se percató de lo que estaba pasando.
Primero le lavé los pies. Su ropa era muy útil para perderla, así que le quite la sudadera y me la puse. Era roja con unas calaveras. De ahí recé por su alma y lo dejé caer al mar. Mientras se hundía en las profundidades, perdí fuerzas y me desmayé.
José Alvarenga
Tras despertarse, José se cuestionó qué hacer y si siquiera valía la pena intentar seguir sobreviviendo. Sin embargo, su miedo a suicidarse por no poder entrar al cielo y la promesa que le hizo a Ezequiel lo hicieron mantenerse vivo. Durante los siguientes días, Alvarenga logró divisar alrededor de 20 barcos cargueros en el horizonte. Por más que intentara llamar la atención de alguien a bordo, nadie se percató del hombre saltando y gritando a kilómetros de distancia.
En medio de su soledad, José desarrolló una vívida imaginación. Allí, caminando de un lado a otro en su barco, se visualizaba caminando distintas calles del mundo. «Eso fue lo que me mantuvo pensando que hacía algo, en vez de estar sentado pensando en la muerte». Aunque esto pueda sonar parecido a cuando Alvarenga se imaginaba hablando con Córdoba, el náufrago estaba completamente en sus cabales. De hecho, sabía con relativa exactitud que llevaba 13 meses a la deriva.
Cuando era un niño, el abuelo de José le enseñó a seguir los ciclos lunares para saber el paso del tiempo. Durante todo el tiempo que llevaba de naufragio, estuvo atento de la luna. Llegó a contar 15 ciclos hasta que una mañana, el 30 de enero de 2014, Alvarenga empezó a ver aves en cielo. Esto no era raro, pero cuando las detalló se dio cuenta de que eran pájaros de costa. Se levantó de un brinco y podía ver en la distancia una isla.
La marea lo estaba llevando directamente hacia ella, por lo que cortó su ancla improvisado para ir a toda velocidad antes de que una tormenta lo alejara de tierra firme. Después de una hora, ya estaba a unos 10 metros de la costa y José saltó a nadar hacia ella. Por fin pisó arena tras 438 días a la deriva, pero notó que no había señales de vida en la playa y se adentró al matorral que la rodeaba. El paso de arena a tierra no fue fácil para las piernas desnutridas y tobillos hinchados de Alvarenga. Tras una caminata que se le alargó más de lo debido por los descansos que debía agarrar, el náufrago se encontró con una casa y una mujer morena que lo veía como si fuera un fantasma.

José Alvarenga no lo sabía en ese momento, pero se encontraba en la casa de playa de Emi Libokmeto y su esposo Russel Laikidrik. Estaba en la isleta Tile, una de las 22 islas que conforman el atolón de Ebon. Este a su vez es parte de las Islas Marshall, en medio de micronesia. Había recorrido más de 11,000 kilómetros del Pacífico desde México y se encontraba en uno de los lugares más remotos del planeta.
Una vez en la casa de Emi y Russel, José les dibujó un muñeco de palitos en un barco. Eso fue lo único que les pudo comunicar a la pareja de su auténtica odisea. Después les dibujó otro muñeco de palitos con una cruz roja, aunque probablemente no era necesario para saber que este hombre necesitaba ayuda médica. Russel partió a buscar un médico en el puerto principal de Ebon, y volvió con un equipo de rescate de policías y enfermeros.
Estaba completamente desnutrido, sufría de anemia, tenía el hígado lleno de parásitos y los tobillos y pies hinchados. Sus tejidos habían estado privados de agua por tanto tiempo que ahora retenían líquidos. No podía dormir, cuando cerraba los ojos veía el cuerpo de Córdoba. Ahora sufría de una total hidrofobia, no solo temía al mar sino al agua en general. Tuvo que pasar 11 días en el hospital para que le dijeran que estaba lo suficientemente estable para volar a El Salvador. En este video de The Guardian se puede apreciar las deplorables condiciones en las que aún se encontraba José Alvarenga; aunque ya le habían cortado el pelo y la barba, aún necesitaba estar en silla de ruedas y era evidentemente difícil recolectar su travesía:
Apenas se recuperó y podía caminar, viajó a Chiapas a hablar con Ana Rosa, la mamá de Piñata. Se quedó con ella durante dos horas respondiéndole todas las preguntas que tuviera. No fue sino hasta un año después, en 2015, que se sentía lo suficientemente estable como para ver un mapa de su travesía. Fue ese mismo año que le concedió una serie de entrevistas a Jonathan Franklin, periodista de The Guardian. Del extracto que se publicó en línea se sacaron datos para este artículo, y el conjunto completos de entrevistas fue publicado bajo el título 438 Days: An Extraordinary True History of Survival at Sea (438 días: Una extraordinaria historia real de supervivencia en el mar).
Poco después de la publicación del libro, apareció la noticia de que la familia de Ezequiel Córdoba estaba demandando a José Alvarenga por un millón de dólares por haber canibalizado a su compañero de naufragio. Sin embargo, Ana Rosa salió a contar que se trataba de una demanda hecha por el primer abogado que José tuvo, quien la visitó un día haciéndola firmar unos papeles. La señora, al ser analfabeta, no sabía qué estaba firmando.
Este abogado había sido contratado por Alvarenga para manejar los temas del público y los medios después de que su historia se hiciera pública. El contrato incluía una cláusula de indemnización por un millón de dólares si se rompía. José se dio cuenta de que se estaban aprovechando de su paranoia y estado mental para quitarle dinero y rompió relaciones con su abogado. Su abogado actual aseguró que «dicho contrato es nulo de pleno derecho, pues en el momento de su rúbrica, existen informes periciales que aseguran que José Salvador Alvarenga padecía de alucinaciones y falta de lucidez mental». Ahora vive en El Salvador, intentando restablecer su vida y se ha logrado mantener fuera del ojo público tras la publicación del libro de Franklin.